miércoles, 29 de junio de 2011

LA INMORTALIDAD DE ANARKI (Fragmento sobre Maria)

María sintió que la angustia le llegaba desde adentro, que le reptaba desde el estómago para cerrarse como un puño alrededor del cuello, segándole la posibilidad del grito que no había logrado reprimir cuando contestó el teléfono aquella mañana.
El llamado la había depositado en un amanecer frío, en las pisadas que habían crujido entre el pasto de Villa Venecia y que habían quebrado la misma escarcha que cubría el rostro de Julia; aquella Villa Venecia que ahora le devolvía un cuerpo frío al que se abrazaba, pidiendo la misma respuesta que marcaban sus ojos vidriosos: un por qué.
Sus ojos no pedían venganza, pedían un por qué tan simbólico como el que María pedía desde hacía años, desde la huída de los dedos toscos que le habían rozado la blancura de una prenda de algodón, que le habían mostrado la penetración forzada apenas pasados los diez, los moretones donde no se veían, las amenazas, y la culpa de haber dejado que, llegada a la ciudad, otros dedos gordos arrancaran la oscuridad de sus ligas, la penetración consentida, los moretones y los billetes que contaba después de cada baño en el que el alma no se limpiaba.

lunes, 13 de junio de 2011

STANLEY BURTON

               De aspecto brillante e inmaculado por la gran cantidad de luces que lo iluminaban, el laberinto, al quedar en penumbras, escondía algo oscuro en un rincón de su compleja estructura. Más negro aún, el corazón de su habitante que, acurrucado en una progresiva demencia, balbuceaba en su noche ideas carentes de sentido. Buscando alguna coherencia perdida, cayó en la cuenta de que las luces se habían encendido y, tras agudizar su oído, escuchó unos ruidos procedentes del interior de su guardia. En completo silencio, sus ojos se opacaron y, tras una macabra sonrisa, se puso de pie y comenzó su búsqueda, mejor dicho, su cacería.
         La oferta era válida. No había dudado en aceptarla ni siquiera un segundo. Era la muerte o la libertad; la posibilidad de vengarse de aquellos que la habían condenado de por vida a una pequeña, fría y repugnante celda, en la prisión de alta seguridad para mujeres de Texas, o la muerte segura en la cámara de gas. Así que allí se encontraba, con un acertijo frente a sí que debía desgranar hasta el fin.
         Las blancas pero húmedas paredes se elevaban dos metros más allá de su cabeza, por lo que intentar treparlas —a pesar de su metro ochenta de estatura—, era un imposible. La reja que cubría el perímetro — un metro y medio más arriba del concreto de hormigón—, era tentadora, pero, como lo había pensado antes, era un despilfarro de energías innecesario. Además, no disponía de ningún elemento cortante como para abrir huecos. Por eso, sin más pérdida de tiempo, se internó de a poco en el laberinto.
         Las fotos eran la garantía de seguridad. Tanto Marie como Lucy lo habían logrado. Sus caras, rozagantes y felices luego de jugar, eran una prueba más que elocuente de que habían logrado sortear el laberinto. Por otro lado, no veía el momento de volverlas a ver. Mientras pensaba esto, y sólo guiada por su intuición, doblaba codos y enfrentaba pasillos, que la llevaban a otros tantos codos y pasillos. Todos iguales, hacían del problema un monótono pasatiempo que, aunque un tanto cansador, era más interesante y divertido que los largos motines que terminaban indefectiblemente en una violenta represión. Pero, esas eran las reglas del juego y ella las había aceptado. Continuó descifrando palmo a palmo el escurridizo enigma hasta que un toque de atención, o como un balde de agua fría, vio en la pared una pequeña mancha que lo único que le indicaba era que el acertijo no era tan fácil como creía pues ¿qué hacía una mancha de sangre en las frías paredes de un laberinto deshabitado?
         Stan ya rondaba los treinta y dos. Tenía dos cuando sus padres lo abandonaron. El mongolismo había sido la respuesta al por qué. Su coeficiente mental, a pesar de su enfermedad, sobrepasaba en alto grado la de una persona de por sí, ya inteligente. Por eso, las pruebas psicológicas posteriores, luego de detectar en su cerebro pequeñas lesiones, arrojaron como resultado que Stanley Burton era una perfecta máquina de matar. Cuando lo atraparon en ese callejón —luego de haber violado, matado y haberle comido los ojos a una prostituta de Nueva York—, estuvo detenido por varios años en el Hospital Psiquiátrico de esa ciudad. Apenas tenía dieciocho. A pesar del riguroso sistema de seguridad, logró escapar. Dos días después, y sin haber podido evitar la muerte de otras cinco jóvenes, la policía lo volvía a atrapar, encerrándolo en el pabellón psiquiátrico de la prisión de Texas. Genghis, el psicópata sería el nombre con que el mundo lo conocería. Murió en forma misteriosa y todos respiraron aliviados al conocer la noticia. Sin embargo, su suerte había sido otra: gracias a sus cualidades y presa de un experimento sin precedentes —una nueva forma de muerte—, fue trasladado a un laboratorio secreto de Arizona, donde lo encerraron en un laberinto hasta sus últimos días. Lo trataban bien, siempre y cuando cumpliese su tarea, lo que no era más que placer. Le propiciaban ropa y comida, pero, aunque su diera fuera siempre la misma, por lo menos le permitía satisfacer sus instintos más elementales: semana a semana, le entregaban una convicta terminal, a quien devoraba con placer, luego de atraparla en sus redes. Ellos cumplían con la sociedad y él también. Para Stan ¿qué mejor trato y vida que esa? 

viernes, 20 de mayo de 2011

ANIVERSARIO (fragmento)

No todos los días se cumplía un aniversario. Habían decidido una cena íntima en su departamento. Ella se encargaría de la comida y él llevaría el vino. Una música suave, los gemidos de un violín. Comieron en el piso utilizando la mesa pequeña sobre la que tenía un helecho, la habían limpiado y puesto un delicado mantel blanco. Todavía no habían encendido las velas. Para ello habría tiempo. Rieron. Del vino evaporándose surgió la charla íntima, los sueños postergados y el futuro por realizar. Se preguntaron sobre el tiempo y su forma arcana de marchitar pétalos y crear montañas. El fuego del hogar fue testigo. La charla terminó cuando, lejos, se encontraron tan cerca; cuando se acercó la hora de encender las velas y el timbre los retrajo a la habitación y a la lejanía.

martes, 3 de mayo de 2011

UN PUNTO EN LA LEJANÍA

Desde lo alto de la colina podía ver el tenebroso paisaje; hacia abajo, sobre la ladera, una parte de su monstruoso castillo. Todavía no estaba seguro de si el ángulo de su visión era el correcto. Entonces, al tiempo que cerraba los ojos, acerqué la cara procurando ahondar en su interior.
La figura estaba quieta, con el brazo extendido hacia una lejanía difusa, repleta de tonalidades grises que se perdían unas dentro de otras. Más que al castillo, señalaba ese punto más allá del mar. Arriba de la colina, pudo percibir la presencia a sus espaldas. Desde esa altura, lograban dominar el paisaje; él ya había escapado al asedio y se había dado vuelta para tener la última visión de un mundo que se derrumbaba. A su izquierda, el río bajaba serpenteando entre tierras yermas y animales que huían; a su derecha, el borde del acantilado caía en un mar picado que pugnaba por tocar una costa que jamás alcanzaría. Desde el borde de aquel, una parte del ejército se precipitaba a las aguas, mientras que otra era desplazada fuera de cuadro. En el centro, el castillo era destruido por una furia que, en un primer momento, juzgué invasora pero que comenzaba a revelarse justiciera. No sé de dónde habían salido, pero las catapultas ya habían lanzado las piedras que, ahora suspendidas, no tardarían en destruir torretas y muros. El pensamiento fue claro y la transmisión automática. Abrió los ojos y se separó.
De alguna manera me di cuenta de que aquella representación era la que yo buscaba aunque, en ese instante, me percaté de que no compartía mi visión del mundo. El profundo olor a tristeza y desolación, dado por las tonalidades de grises, sólo le pertenecía a él. Las hordas no tardarían en encontrarlo. Aquel hombre era un fugitivo, seguramente habría sido un rey y, en un último acto, persistía en su idea de señalarme el horizonte. Entonces tomé la decisión.
Debía darle un tono más vivo. El punto en la lejanía al que apuntaba no era el de un ocaso sino el de un crepúsculo. Tomé mi paleta de óleos y con la punta del pincel, comencé a mezclar amarillos con rojos. Ese tono en el horizonte proyectaría los futuros fuegos que consumirían su castillo pero, al mismo tiempo, daría la sensación del nuevo mundo que nacía. Di el primer trazo justo antes de que saltara al vacío. 

lunes, 18 de abril de 2011

EL ÚLTIMO PIQUE (I)

La tierra comenzó a moverse antes de lo esperado. El acontecimiento indicaba que el objetivo estaba cumplido. Rápidamente, Juan se desplazó hacia uno de los arcos sustentado por dos columnas, intentando evitar que la mampostería ―que comenzaba a caerle como una copiosa lluvia de concreto― diera con su cabeza, en cuyo caso, no tendría más nada en qué pensar. En realidad, y analizando el escenario, era lo mejor que podía pasarle. Considerar que alguno de esos pedazos podría caerle en alguna pierna, inutilizándolo, o, peor, sobre los tubos de abastecimiento de oxígeno, augurándole una muerte lenta y por asfixia, lo aterraba. Pero un fragmento certero, en medio de la cabeza, no presentaría demasiadas dificultades. Según sus cálculos, no tardaría más de un minuto en darse por muerto.
Claro que ese no era el problema inmediato. Estar al amparo del arco era su prioridad. Era raro cómo se percibían las cosas en aquel lugar. En realidad, no era más que lo que sucedía cuando se estaba en un lugar cuya gravedad era notoriamente inferior a la que mantenían en la estación que, por otro lado, no hacía otra cosa más que replicar la misma con la que contaban en La Tierra. Saltar en una gravedad de 0,5 g duplicaba todo. Si en La Tierra podía saltar diez metros, allí podía multiplicar ese trayecto por dos. Con el tiempo sucedía lo mismo: el desplazamiento de los cuerpos también se duplicaba. El salto que en La Tierra demandaba cinco segundos, aquí demoraba diez, y todo con el mismo esfuerzo. Con lo cual, no era un  problema de fuerza física. El problema residía en que para una misma distancia, tenía que pensar en aplicar la mitad de la potencia, y cuando no se estaba habituado a ese tipo de ejercicios, todo podía complicarse.
Lo interesante del caso era que el cerebro no sabía de gravedades. La velocidad mental seguía siendo la misma, y esto podía ser un punto a favor, en la medida en que lograra ponerla de su lado: frente a cualquier problema que surgiese, tendría el doble de tiempo para pensar en qué hacer. El pensamiento trascurría a una velocidad a la cual se estaba habituado; era autónomo de cualquier circunstancia externa.
Así fue que calculó el salto. Lento, despacio, hincó sus rodillas y se impulsó. Entonces lo vio. Como contaba con el doble de tiempo hasta llegar al arco y solucionar en ese lapso el problema hacia el cual se dirigía, intentó ponerse en contacto con sus compañeros. En este caso, también la velocidad de desplazamiento de las ondas de radio era constante. Sin embargo, los intentos fueron inútiles. Sólo escuchaba un fritado. Nadie contestaba del otro lado. Eso podía indicar una de dos cosas: o bien habían hecho mal los cálculos, o bien los sistemas de comunicación habían sido dañados por la bomba de macrobios. Era sabido que los macrobios neutralizaban los sistemas de comunicación, con lo cual, no debía precipitarse en tomar conclusiones definitivas. Los chicos estarían bien y los encontraría más tarde en la cápsula. Entonces, todo se reduciría a un chiste, a la anécdota del cuento que podría no haberse contado.
Lo único que importaba en esos momentos era esquivar ese pedazo de mampostería contra el cual había salido despedido. En el aire, contorneó su cuerpo lo más que pudo. El giro fue en cámara lenta y pudo proyectar el sentido de su trayecto. Entonces supo que no lograría evitar el choque. La mampostería rozó una parte de la tela que le cubría el brazo, aunque no le ocasionó una rasgadura considerable. El traje neumático reguló el rasgón hasta cerrarlo. El estiramiento de la tela para cubrir el hueco le produjo un cierto vacío en esa zona del brazo, pero podría superar esa sensación de ventosa sin ningún inconveniente. El moretón producto de la gravedad negativa se le iría en un par de días. Respiró con alivio cuando tocó el suelo sin dificultades. Escrutó la posibilidad de algún otro inconveniente. Más allá de la lluvia de concreto, no tenía de qué preocuparse. Si bien el sismo comenzaba a ser más violento, se quedó al amparo del arco por unos minutos. El próximo paso sería dirigirse hacia la cápsula espacial para encontrarse con el grupo y regresar a la estación.
Cuando se precipitó hacia la cápsula, la situación empeoró. A la mampostería que caía dentro del recinto, se sumaron numerosas grietas que comenzaron a aparecer en el piso. Un par aquí, otras allá, otras debajo de sus pies. Sin embargo, en esos tramos iniciales, todavía contaba con las fuerzas suficientes para impulsarse hacia los otros pedazos de suelo, que también se agrietaban para dar paso a un vacío insondable. El pique fue inusual. Recordó tiempos en que le encantaba salir a correr y, más allá de las pruebas de resistencia, le gustaba hacer piques de velocidad. Sus compañeros de fútbol se la reconocían cuando corría una pelota y lograba dominarla antes de que saliera de la línea de juego. Nunca lo supieron, pero después de cada pique terminaba muerto. Se le dibujó una sonrisa. El esfuerzo que le había significado este pique había sido el doble del que necesitaba para poder llegar a cualquiera de esas pelotas; sin embargo sí, lo ha­bía logrado: había llegado hasta la cápsula. Una vez dentro de ella, la cerró y, por primera vez, respiró con alivio.