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martes, 27 de octubre de 2015

De los pasos

Mirna no respondió. En cambio, volvieron esos pasos, pequeñitos y arrastrados, que comenzaron a tomar vuelo para reverberar en la oscuridad del piso. La risa inquietaba. Era una de película, de las que se veían al borde de una butaca, y en ninguna de ellas había tenido esa sensación, ese abatimiento que le agarrotaba los huesos y los hacía temblar de frío. Centeno tomó aire, elevó las antorchas y avanzó en las sombras. 

martes, 22 de abril de 2014

Un alto en el camino

La flecha le atravesó la garganta. Al menos, según pensó, en el lugar donde debía estar la garganta. El cuerpo alargado se retorció alrededor del eje perpendicular que había formado la flecha con el tronco del sauce al cual la había clavado. Supuso que no tardaría en entregarse a la agonía, aunque en un principio se negó a su destino dándole latigazos al tronco. A diferencia de otras serpientes, la letalidad de la yarará no estaba en su fuerza muscular, sino en el veneno de sus colmillos, que poco y nada le servía en aquella ocasión. Decidió terminar con su dolor. Se acercó a ella y de un machetazo la cortó por encima de la flecha. La cabeza triangular se desplomó para desaparecer entre medio de la maleza. Luego de limpiar la flecha y guardarla en su carcaj, no tardó mucho en sacarle la piel y en rescatar sus partes más suculentas. Las asó con un pequeño fuego que le sirvió para calentarse y mantener a raya otras alimañas. La víbora de cruz no era menos letal que los principales habitantes de la isla, a quienes no tardaría en encontrar.

miércoles, 15 de enero de 2014

Confesiones de Arsenio (I)

[...]
El día transcurrió sin demasiadas novedades, aunque a medida que comenzaba a bajar el sol, comencé a preocuparme. El tiempo que les debía llevar acercarse hasta la tormenta y volver no podía superar las seis horas. Y no es que no pudiera llevarles más. Cuando se internan en el mar, las barcazas se pierden más allá del horizonte. Podrá usted imaginarse la magnitud de la tormenta si desde acá podíamos ver los rayos azotando las islas. Era muy probable que volvieran en dos o tres horas. El mar se veía picado a simple vista y las crestas de espuma podían superar los cinco metros;  puedo asegurarle que en el mar el impacto es más violento. Las barcazas se desbarrancan en las laderas de agua para ser engullidas por sus valles. Uno acá puede correr hasta cualquier vivienda. Basta con subir un par de peldaños hasta la galería para estar a salvo, pero allí lo único que sirve es la pericia y el criterio para darse cuenta de que no se debe continuar. Confiaba en Ramiro, pero las horas pasaban, y de ellos, ni rastro.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Los tensores




En esta nueva versión suya, los recuerdos habían aflorado de un modo gradual, permitiéndole adaptarse a su nueva condición cuasi amnésica. 
Todo lo que formaba parte de su nueva memoria le había aportado, hasta ese momento, algo positivo, lo suficientemente grato para construir, para ascender peldaños, para ir hacia arriba. 
El descenso a los infiernos parecía asegurado. No era tan iluso como para creer que la memoria estaba formada de un positivismo absoluto. Los saldos negativos entraban en los intersticios, se filtraban como el agua, y formaban parte de la contabilidad; sobre todo, eran los que tensaban las cuerdas del mundo: el fuego y la sombra; las oscuridades eran mayores, y las luminiscencias, telarañas en la visión.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Maelström


Se sabía mover rápido, al menos esa era la sensación que tenía al no ver quién lo movía. Era ágil como un relámpago, frío como el metal y sordo como la atmósfera antes del estallido del trueno. El aire olía a ozono, pero no tenía tiempo para tales conclusiones. El segundo puntazo se le hundió más hondo, llegando desde arriba, rozándole la clavícula. No le había perforado el corazón, pero sentía que le había surcado el hueso, hundiéndose en él, dejándole una cicatriz, besándolo. Se dio vuelta y comenzó a correr en medio de la tormenta, huyendo de la oscuridad para internarse en otra, sintiendo el pasto del parque que cedía bajo sus zapatillas. Se sentía mareada, sin dirección, como una brújula alocada perdiendo su norte, con ganas de ser arrastrada hacia el agua que le limpiaría las heridas y purificaría. Corrió hacia el torrente. El nivel del agua subió gradual, a paso firme. Sintió cómo sus piernas se abrían paso entre ella, dando surcos que le iban deteniendo el paso. No se animaba a darse vuelta, no quería materializar la imagen recurrente de verlo correr detrás de ella, con el cuchillo que brillaría ante el rayo para salir negro luego de separarse de su carne. Si el golpe se daba, prefería que la sorprendiera en su escape, traicionando sus sentidos, permitiéndole vivir hasta el momento en que decidiera hundirse en su carne, antes de que sus piernas cedieran al temblor de sus rodillas. Sus pies cedieron igual, ante el resbalón en el lodo y ante la corriente que la arrastró hacia el maelström.  

miércoles, 22 de agosto de 2012

Del derrotero de Mirna (fragmento de El Pez)


«… El Mirna vio frenado su avance por la creciente del río y por la ferocidad de la tormenta en la lentitud de su curso. El barco crujía y los grumetes no lograban dominar ninguna de las tres velas en la mitad de la tormenta. La embarcación se sacudía de babor a estribor y muchos fueron lanzados a las aguas. Un rayo cayó en el palo de mesana y tronó antes de derrumbarse sobre el timón. El capitán fue alcanzado y salió volando hacia babor para estrellarse contra la madera. El golpe le fracturó una pierna y varias costillas. Alcanzó a ver cómo el navío se astillaba y cómo los palos se derrumbaban. Quedó allí tendido viendo cómo en la cubierta volaban hombres y barriles. Su última palabra fue “Mirna”, al tiempo que era lanzado a las aguas».

Del mail de María (fragmento de El Pez)


«… estaba preocupada por lo que pudiera pasar. Fue más difícil de lo que te imaginás. Me encantaría que en algún momento podamos sentarnos a aclarar esta situación. Me puso muy contenta cuando recibí El derrotero de Mirna. Pensé en que los aires del río te estaban haciendo bien y me alegró mucho. Te lo digo con sinceridad. Sabés que te aprecio mucho. Crack lo supera con creces. Tenés un talento natural para darles una vuelta de tuerca que te deja como en el aire, sorprendido. Creo que deberías que seguir por ese camino. Decididamente, es lo tuyo y me alegra que podamos colaborar en esta etapa…»

miércoles, 15 de agosto de 2012

Crack


Ocho días había tardado en mudarse al altillo. Lo más difícil había sido el escritorio. Luego de varios años con Leila, todavía le costaba retomar el ritmo de hacer las cosas solo. Ella no lo hubiera podido ayudar. Era menuda, de cuerpo flaco y pequeño; a veces usaba un vestido rojo. Carecía de la fuerza física como para que ambos pudieran manipular el mueble por las estrechas escaleras. Sin embargo, podría haberle indicado si se le estaba escabullendo por los dedos, o si la cabeza de algún clavo comenzaba a desgarrarle la camisa. Ella habría subido al altillo para ir acomodando el mueble a medida que él lo levantaba, ayudándose de algunas sillas y, por qué no, de las mesas de luz. La escalera era estrecha y Centeno apenas podía levantar un pie antes de chocarse con el siguiente peldaño. Estaba dispuesta de manera lateral, quedando el vacío hacia la derecha; cuatro metros abajo, lo esperaba la enorme alfombra roja, que se fundiría con la sangre de quien la visitara desde el cielo. Había pensado en que debía modificar eso y no lo había hecho. Así fue como intentó subirlo, al borde del precipicio, casi tentando a que la maña se perdiera al contacto con el clavo que se le hundió en la carne, dando paso al desequilibrio, al brazo contra la baranda, y al piso recibiendo la cabeza. Escuchó el crack en el zumbido agudo y profundo, sordo. No logró enfocar en la oscuridad de sus ojos abiertos, antes de que el mareo metálico comenzara a perderlo, a succionarlo desde la base de su cráneo, a desvanecerlo. No supo cuánto tiempo había transcurrido cuando recuperó el conocimiento. Abrió los ojos para ver los barrotes en su horizontal. Desde allí logró identificar el reloj en la pared opuesta, varios metros arriba de la escalera que ascendía. No logró saber qué hora era.
—Leila —susurró en su gemido, pero las palabras parecieron perderse escalera abajo, tirándose al vacío, para fundirse con la alfombra.
Crack
—Leila —volvió a repetir, al abrir los ojos por segunda vez, sintiendo la caricia roja en el charco de su pómulo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

De Patricio (Fragmento de El Pez)


A Patricio le costó aceptar el reto, insertarse en la oscuridad, hundirse en la barranca, pero por otro lado pensaba que había cosas que sólo se presentaban una vez en la vida. Si no era esa, cuál sería. No podía esperar. En cuanto llegó a la base, supo que le sería difícil salir de allí, sin embargo el sentirse tan cerca, lo hacía sentirse vivo. Podía percibir el olor, podía saber que se estaba acercando, sabía que estaba llegando.
La noche era fría y el viento llegaba desde el río. Una menguante irregular se recostaba sobre las márgenes en las que se mecían juncos que comenzaban a rodearlo. Sabrina, El Muelle, el Medrano, la noche merecía terminar como había comenzado, a pura adrenalina, a pura gana de llegar hasta donde estaba llegando, con los juncos recibiéndolo en un tupido abrazo y con  sus zapatos hundiéndose varios centímetros en el agua. Se dejó llevar por la corriente, una corriente que no tardaría en dejar la arena para enclavarlo en estructuras de concreto cóncavo que le aseguraban la entrada al acueducto. Apuntó la linterna hacia la entrada la boca del lobo. Poca era la visión que podía lograr. Había ratas, no muchas, pero adentro habría muchas más. Esa era una madriguera. Sin embargo, continuó avanzando hasta dejar que la enorme boca negra comenzó a tragarlo.
Vio el reflejo a través de las irregularidades de las aguas. En esos momentos caían tranquilas, casi como sólo delatando el movimiento de los rodeores que pasaban de un lado a otro libres, agrupándose en sus comunidades. Salió despacio, como olfateando en el ambiente el nuevo olor que llegaba, que se acercaba desde el río. Se agachó detrás del primer recodo, en donde esa luz dirigida no pudiera encontrarlo, entonces esperó a que esos zapatos pasaran su línea, lo desafiaran; esperó a que la oscuridad de quien entraba quedara a su retaguardia. Entonces se levantó, sigiloso, acuoso, con la agilidad de un Vertebrata, y entonces no importó la luz, ni el grito que se ahogó, ni los varios días de agonía; porque entonces groó, y entonces reinó el silencio. 

sábado, 12 de noviembre de 2011

De Montero (fragmento de El Pez)

Guillermo Montero caminó inspirando el aire profundo que venía desde el río sin terminar de entender lo que estaba sucediendo. El caso era excepcional, digno de una novela de Conan Doyle o de Christie, o de algún cuento de Poe: el crimen perfecto que no dejaba rastros o, mejor dicho, que dejaba rastros que se llevaba el agua, que, para el caso, era lo mismo. 
Claro que en los grandes maestros del policial había Holmes o había Poirots o había Marples. En la escena policial porteña, no existía ningún apellido que pudiera enmarcarse en alguna de esas novelas con finales felices, en las que los criminales terminaban tras las rejas. En todo caso, era pertinente que rectificara parte de su razonamiento: los crímenes perfectos en Doyle, en Christie o en Poe, no existían. Para eso estaban esas grandes investigaciones cortadas por la tijera racionalista que, a pura lógica, lograban que los crímenes fueran imperfectos. 
Los crímenes perfectos se daban en Buenos Aires porque no había —o no había conocido a— ningún escritor que hubiera concebido a un Holmes; en todo caso,  había creado a un ser llamado Montero, que distaba mucho de ser perfecto.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

De Sabrina (fragmento de El Pez)

"... Su relato fue convincente, seguro, aunque por momentos Patricio debiera escuchar atentamente el hilo de voz por el que fluían sus palabras. La voz de Sabrina era tranquila, fina, y supuso que podía llegar al alarido en el caso de tener que ensayar un grito. Desde la aparición del Pez, Sabrina había tenido dificultades para mantener la concentración en lo que hacía. Si bien era algo que, había descubierto, había comenzado a controlar, durante la primera semana sufrió ataques de pánico que se fueron disipando a medida que los días fueron transcurriendo. Sintió que, de alguna manera, la imagen del Pez se le diluía. Sabrina le confesó que cualquier descripción que pudiera hacerle quedaría chica y que no le haría justicia a la impresión que le había provocado su presencia. Entender lo que significaba el Pez, sólo se comprendía en el marco de haberlo observado. Eso podía preguntárselo a cualquier testigo. Todos coincidirían en que cualquier definición o descripción del ser estaba fuera del alcance de cualquiera que no lo hubiese visto. Patricio asintió respetuosamente porque lo sabía. A través de las distintas entrevistas que había realizado, se había dado cuenta de que todos los testigos coincidían en algo: a medida que el tiempo pasaba, la sensación de pánico que habían sentido iba decayendo para ser sustituida por un recuerdo de vaguedad hacia el Pez, por una suerte de incapacidad a no poder describir con palabras lo que habían visto. Parecía como si hubiera una fuerza interna que, por un lado, se encargaba de ir desdibujando la imagen y, por otro, procuraba aplacar la sensación repulsiva que habían sentido al observarlo. Después de sus declaraciones policiales, ninguno podía dar fe de lo que habían atestiguado bajo juramento. La imagen de “reptil”, “anfibio”, “pez”, “yacaré” ­—o cualquiera que fuera el término que utilizaran para referirlo—, se iba desdibujando en sus memorias como una estela en el agua, como a través de un remolino que arrastraba el recuerdo hasta lo más profundo del río, de la misma manera que el Pez había hecho con Sara Machi.".