miércoles, 29 de febrero de 2012

De Patricio (Fragmento de El Pez)


A Patricio le costó aceptar el reto, insertarse en la oscuridad, hundirse en la barranca, pero por otro lado pensaba que había cosas que sólo se presentaban una vez en la vida. Si no era esa, cuál sería. No podía esperar. En cuanto llegó a la base, supo que le sería difícil salir de allí, sin embargo el sentirse tan cerca, lo hacía sentirse vivo. Podía percibir el olor, podía saber que se estaba acercando, sabía que estaba llegando.
La noche era fría y el viento llegaba desde el río. Una menguante irregular se recostaba sobre las márgenes en las que se mecían juncos que comenzaban a rodearlo. Sabrina, El Muelle, el Medrano, la noche merecía terminar como había comenzado, a pura adrenalina, a pura gana de llegar hasta donde estaba llegando, con los juncos recibiéndolo en un tupido abrazo y con  sus zapatos hundiéndose varios centímetros en el agua. Se dejó llevar por la corriente, una corriente que no tardaría en dejar la arena para enclavarlo en estructuras de concreto cóncavo que le aseguraban la entrada al acueducto. Apuntó la linterna hacia la entrada la boca del lobo. Poca era la visión que podía lograr. Había ratas, no muchas, pero adentro habría muchas más. Esa era una madriguera. Sin embargo, continuó avanzando hasta dejar que la enorme boca negra comenzó a tragarlo.
Vio el reflejo a través de las irregularidades de las aguas. En esos momentos caían tranquilas, casi como sólo delatando el movimiento de los rodeores que pasaban de un lado a otro libres, agrupándose en sus comunidades. Salió despacio, como olfateando en el ambiente el nuevo olor que llegaba, que se acercaba desde el río. Se agachó detrás del primer recodo, en donde esa luz dirigida no pudiera encontrarlo, entonces esperó a que esos zapatos pasaran su línea, lo desafiaran; esperó a que la oscuridad de quien entraba quedara a su retaguardia. Entonces se levantó, sigiloso, acuoso, con la agilidad de un Vertebrata, y entonces no importó la luz, ni el grito que se ahogó, ni los varios días de agonía; porque entonces groó, y entonces reinó el silencio. 

sábado, 12 de noviembre de 2011

De Montero (fragmento de El Pez)

Guillermo Montero caminó inspirando el aire profundo que venía desde el río sin terminar de entender lo que estaba sucediendo. El caso era excepcional, digno de una novela de Conan Doyle o de Christie, o de algún cuento de Poe: el crimen perfecto que no dejaba rastros o, mejor dicho, que dejaba rastros que se llevaba el agua, que, para el caso, era lo mismo. 
Claro que en los grandes maestros del policial había Holmes o había Poirots o había Marples. En la escena policial porteña, no existía ningún apellido que pudiera enmarcarse en alguna de esas novelas con finales felices, en las que los criminales terminaban tras las rejas. En todo caso, era pertinente que rectificara parte de su razonamiento: los crímenes perfectos en Doyle, en Christie o en Poe, no existían. Para eso estaban esas grandes investigaciones cortadas por la tijera racionalista que, a pura lógica, lograban que los crímenes fueran imperfectos. 
Los crímenes perfectos se daban en Buenos Aires porque no había —o no había conocido a— ningún escritor que hubiera concebido a un Holmes; en todo caso,  había creado a un ser llamado Montero, que distaba mucho de ser perfecto.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

De Sabrina (fragmento de El Pez)

"... Su relato fue convincente, seguro, aunque por momentos Patricio debiera escuchar atentamente el hilo de voz por el que fluían sus palabras. La voz de Sabrina era tranquila, fina, y supuso que podía llegar al alarido en el caso de tener que ensayar un grito. Desde la aparición del Pez, Sabrina había tenido dificultades para mantener la concentración en lo que hacía. Si bien era algo que, había descubierto, había comenzado a controlar, durante la primera semana sufrió ataques de pánico que se fueron disipando a medida que los días fueron transcurriendo. Sintió que, de alguna manera, la imagen del Pez se le diluía. Sabrina le confesó que cualquier descripción que pudiera hacerle quedaría chica y que no le haría justicia a la impresión que le había provocado su presencia. Entender lo que significaba el Pez, sólo se comprendía en el marco de haberlo observado. Eso podía preguntárselo a cualquier testigo. Todos coincidirían en que cualquier definición o descripción del ser estaba fuera del alcance de cualquiera que no lo hubiese visto. Patricio asintió respetuosamente porque lo sabía. A través de las distintas entrevistas que había realizado, se había dado cuenta de que todos los testigos coincidían en algo: a medida que el tiempo pasaba, la sensación de pánico que habían sentido iba decayendo para ser sustituida por un recuerdo de vaguedad hacia el Pez, por una suerte de incapacidad a no poder describir con palabras lo que habían visto. Parecía como si hubiera una fuerza interna que, por un lado, se encargaba de ir desdibujando la imagen y, por otro, procuraba aplacar la sensación repulsiva que habían sentido al observarlo. Después de sus declaraciones policiales, ninguno podía dar fe de lo que habían atestiguado bajo juramento. La imagen de “reptil”, “anfibio”, “pez”, “yacaré” ­—o cualquiera que fuera el término que utilizaran para referirlo—, se iba desdibujando en sus memorias como una estela en el agua, como a través de un remolino que arrastraba el recuerdo hasta lo más profundo del río, de la misma manera que el Pez había hecho con Sara Machi.". 

miércoles, 29 de junio de 2011

LA INMORTALIDAD DE ANARKI (Fragmento sobre Maria)

María sintió que la angustia le llegaba desde adentro, que le reptaba desde el estómago para cerrarse como un puño alrededor del cuello, segándole la posibilidad del grito que no había logrado reprimir cuando contestó el teléfono aquella mañana.
El llamado la había depositado en un amanecer frío, en las pisadas que habían crujido entre el pasto de Villa Venecia y que habían quebrado la misma escarcha que cubría el rostro de Julia; aquella Villa Venecia que ahora le devolvía un cuerpo frío al que se abrazaba, pidiendo la misma respuesta que marcaban sus ojos vidriosos: un por qué.
Sus ojos no pedían venganza, pedían un por qué tan simbólico como el que María pedía desde hacía años, desde la huída de los dedos toscos que le habían rozado la blancura de una prenda de algodón, que le habían mostrado la penetración forzada apenas pasados los diez, los moretones donde no se veían, las amenazas, y la culpa de haber dejado que, llegada a la ciudad, otros dedos gordos arrancaran la oscuridad de sus ligas, la penetración consentida, los moretones y los billetes que contaba después de cada baño en el que el alma no se limpiaba.

lunes, 13 de junio de 2011

STANLEY BURTON

               De aspecto brillante e inmaculado por la gran cantidad de luces que lo iluminaban, el laberinto, al quedar en penumbras, escondía algo oscuro en un rincón de su compleja estructura. Más negro aún, el corazón de su habitante que, acurrucado en una progresiva demencia, balbuceaba en su noche ideas carentes de sentido. Buscando alguna coherencia perdida, cayó en la cuenta de que las luces se habían encendido y, tras agudizar su oído, escuchó unos ruidos procedentes del interior de su guardia. En completo silencio, sus ojos se opacaron y, tras una macabra sonrisa, se puso de pie y comenzó su búsqueda, mejor dicho, su cacería.
         La oferta era válida. No había dudado en aceptarla ni siquiera un segundo. Era la muerte o la libertad; la posibilidad de vengarse de aquellos que la habían condenado de por vida a una pequeña, fría y repugnante celda, en la prisión de alta seguridad para mujeres de Texas, o la muerte segura en la cámara de gas. Así que allí se encontraba, con un acertijo frente a sí que debía desgranar hasta el fin.
         Las blancas pero húmedas paredes se elevaban dos metros más allá de su cabeza, por lo que intentar treparlas —a pesar de su metro ochenta de estatura—, era un imposible. La reja que cubría el perímetro — un metro y medio más arriba del concreto de hormigón—, era tentadora, pero, como lo había pensado antes, era un despilfarro de energías innecesario. Además, no disponía de ningún elemento cortante como para abrir huecos. Por eso, sin más pérdida de tiempo, se internó de a poco en el laberinto.
         Las fotos eran la garantía de seguridad. Tanto Marie como Lucy lo habían logrado. Sus caras, rozagantes y felices luego de jugar, eran una prueba más que elocuente de que habían logrado sortear el laberinto. Por otro lado, no veía el momento de volverlas a ver. Mientras pensaba esto, y sólo guiada por su intuición, doblaba codos y enfrentaba pasillos, que la llevaban a otros tantos codos y pasillos. Todos iguales, hacían del problema un monótono pasatiempo que, aunque un tanto cansador, era más interesante y divertido que los largos motines que terminaban indefectiblemente en una violenta represión. Pero, esas eran las reglas del juego y ella las había aceptado. Continuó descifrando palmo a palmo el escurridizo enigma hasta que un toque de atención, o como un balde de agua fría, vio en la pared una pequeña mancha que lo único que le indicaba era que el acertijo no era tan fácil como creía pues ¿qué hacía una mancha de sangre en las frías paredes de un laberinto deshabitado?
         Stan ya rondaba los treinta y dos. Tenía dos cuando sus padres lo abandonaron. El mongolismo había sido la respuesta al por qué. Su coeficiente mental, a pesar de su enfermedad, sobrepasaba en alto grado la de una persona de por sí, ya inteligente. Por eso, las pruebas psicológicas posteriores, luego de detectar en su cerebro pequeñas lesiones, arrojaron como resultado que Stanley Burton era una perfecta máquina de matar. Cuando lo atraparon en ese callejón —luego de haber violado, matado y haberle comido los ojos a una prostituta de Nueva York—, estuvo detenido por varios años en el Hospital Psiquiátrico de esa ciudad. Apenas tenía dieciocho. A pesar del riguroso sistema de seguridad, logró escapar. Dos días después, y sin haber podido evitar la muerte de otras cinco jóvenes, la policía lo volvía a atrapar, encerrándolo en el pabellón psiquiátrico de la prisión de Texas. Genghis, el psicópata sería el nombre con que el mundo lo conocería. Murió en forma misteriosa y todos respiraron aliviados al conocer la noticia. Sin embargo, su suerte había sido otra: gracias a sus cualidades y presa de un experimento sin precedentes —una nueva forma de muerte—, fue trasladado a un laboratorio secreto de Arizona, donde lo encerraron en un laberinto hasta sus últimos días. Lo trataban bien, siempre y cuando cumpliese su tarea, lo que no era más que placer. Le propiciaban ropa y comida, pero, aunque su diera fuera siempre la misma, por lo menos le permitía satisfacer sus instintos más elementales: semana a semana, le entregaban una convicta terminal, a quien devoraba con placer, luego de atraparla en sus redes. Ellos cumplían con la sociedad y él también. Para Stan ¿qué mejor trato y vida que esa?